martes 17 de noviembre de 2009

¡¡¡Mi primer día de trabajo!!!

Después de más de medio año de desempleo durante el que te has lamido todas las heridas, en el que has lamentado el tener una, dos o tres licenciaturas para nada; después de hacer a tus padres diez años más viejos vegetando en el salón, de conocerte todas las webs de Internet y muchas más, de patearte la ciudad más importante -en negocios- de España en busca de un maldito sostén económico, llega...

¡¡¡Tu primer día de trabajo!!!

Es como al final de la película "El método": tanto rollo, tanta tensión y peleas para, al fin y al cabo, tener que fichar todos los días -de lunes a viernes si tienes suerte- y currelar como un cabrón.

Entonces, recuerdas a Bakunin -o, mejor, la solapa de uno de sus libros-: "El trabajo no ha de ser un privilegio sino un derecho"...

... y a las dos horas de estar aprendiendo nuevos formatos, nuevos "lenguajes" (los anteriores ya no valen) ya has olvidado todo el "período de humildad" del paro...

Continuará... (que conste que estoy contento)

lunes 16 de noviembre de 2009

Indignación

Si la revolución es una hija de la envidia, como dice Bertrand Rusell en La conquista de la felicidad, la indignación es la madre de toda conciencia crítica, cívica y, por tanto, útil para la humanidad.

Y yo, continuamente, me siento indignado.

Me indigna el otoño y, más aún, noviembre. Me indignan las navidades, pues, durante estas, recuerdo la cantidad de trabajo que voy a tener al volver -y continuamente compruebo si estoy disfrutando lo suficiente-.

Después, me suele indignar el frío y la oscuridad de enero y febrero.

Una vez que ha llegado el sol de la primavera, empiezo a pensar en lo caluroso que será el verano.

Durante el aciago y desolador estío, busco cualquier brisa para darlo por muerto y ofrecer la bienvenida a los aliviantes vientos de septiembre.

Llega ese mes y no me pilla contento, más bien indignado, por variar: volvemos a trabajar y no me han cambiado al jefe. O jefa.

A poco que me dé cuenta hemos llegado a noviembre y el círculo se ha cerrado. Es curioso: todos los años digo lo mismo y nunca recuerdo lo que dije el año anterior. Por lo que la amnesia estacional es una hija de ...

Pero no todo es oscuro: esta indignación deviene en ideología progresista. Pero, ojo, ideología imposible de aplicar en la práctica. De ahí que siempre esté uno exigiendo más, una ruptura, una revolución... Y así entramos en el marxismo y no salimos.

Somos "mu" sencillos.

lunes 9 de noviembre de 2009

Diálogo entre un progre y un facha sobre el Muro

- Progre: pues parece que hemos hecho veinte años desde que se cayó el Muro...

- Facha: sí, desde que la libertad llegara a todos los países de Europa...

- P: pues está bien eso, aunque aún quedan muchos muros por derribar...

-F: pues no sé yo cuáles, el que están construyendo los de América Latina sería uno...

- P: no creo que haya muros en América Latina, como mucho el de México...

-F: pero si ya tenéis al negro de presidente para qué queréis meteros con los EEUU...

- P: no es negro, es Obama, Premio Nobel de la Paz. Y sí, hay más muros, el de Palestina, ese es un muro de la vergüenza

-F: mira, lo de Palestina no tiene nombre: Israel es un bastión democrático en una región dominada por los salvajes de los musulmanes y...

- P: por unos salvajes a los que bombardeasteis vosotros, sí, con Aznar y Bush, en Irak...

- F: y vosotros ahora lleváis más tropas a Afganistán y ...

- P: pues vosotros si hubiera seguido Aznar hubiérais invadido Venezuela, China, Irán...

- F: y vosotros estáis hundiendo la economía mundial, y ya nadie tiene empleo, y está todo lleno de parados e inmigrantes y...

- P: y vosotros no habéis negado el franquismo que es una dictadura peor que la del Muro y...

- F: la del Muro era una dictadura repugnante...

- P: era una dictadura, no repugnante

- F: a mí me repugnaba, iba contra la libertad

-P: Franco iba también contra la libertad

-F: pero trajo la transición y la democracia: sin dictadura no hay democracia

-P: eso es verdad, ahora que lo dices, sin Franco no habría habido transición...

-F: ni pantanos...

- P: bueno, no desviarse, que el Muro está de puta madre y espero que lo vuelvan a construir y que tú eres un facha y un tontodeloscojones y deja de subir el brazo que te voy a dar...

- F: Cara al sol con la camisa nueva...

viernes 6 de noviembre de 2009

¿Violencia? No gracias, soy burgués

Cuando llevas ocho meses en paro y el móvil no suena aunque debería estar echando humo...



Cuando la tarde no ha sido fructífera y, encima, te toca pagar la factura del arreglo del coche...



... no hay nada mejor que, después de ir media hora en metro sudando el abrigo y perderse un par de veces por la calle, encontrar el concesionario cerrado. ¡Por media hora!



Ese es uno de esos momentos en que espiras y te "planteas las cosas".



Te recorre una frustración muy cabrona, que, al mismo tiempo, te daña y te protege. Te sientes desafortunado pero al mismo tiempo superior: hay una rabia que te impulsa, eres el gilipollas elegido del mes, al que le han cerrado el taller en los morros, el que, por tanto, tendría patente de corso para hacer cualquier burrada.



Entonces, recuerdas el pasado imperial de España y, ¡listo!, ya eres un fascista...



... pero las cosas no ocurren así en nuestro caso.



Las frustraciones se retiran pasado un rato; nuestro organismo tiene defensas culturales, "sentido común", para erradicar el mal que durante un rato nos posee.



No me quiero imaginar el ambiente en hogares en los que se ha agotado la prestación del paro, que ven cómo en la televisión los ministros se pronuncian con imprecisiones; que contemplan cómo los medios de comunicación inventan cada día historias nuevas para desviar la atención; que comprueban cómo antes fueron la envidia del barrio y ahora han perdido su dinero, sus casas, sus viajes a la playa...



... y lo peor de todo es perder la esperanza. Y pensar que te han engañado.



En este país, y en otros, no hay gente mala que, por su naturaleza, encuentra en la violencia su mejor modo de expresión. Hay instituciones podridas, situaciones difíciles y respuestas erróneas. Y lo más apropiado va a ser que lo vayamos entendiendo ya porque, entre todos, durante los próximos meses, tendremos que convencer a mucha gente desesperanzada de que hay puertas que nunca debieron abrirse en el pasado y jamás deben revisitarse.



Además, el taller volverá a abrir el próximo día, siempre presto para cobrarnos.

jueves 5 de noviembre de 2009

Cobertura

Me he sorprendido hoy, yendo en el metro de Madrid, cuando, al pasar varias paradas y perdida la cobertura de los móviles, la novela que leía seguía despidiendo información y tramas.

Es una suerte que haya todavía libros que no pierden la cobertura al penetrar el metropolitano en la selva subterránea de la gran ciudad.

Al mismo tiempo, he pensado que muchos libros abiertos despiden una información que no nos apetece recibir; es como si la cobertura la cediéramos nosotros. En esos casos, no nos hace falta ir en metro o estar lejos de los repetidores. Nos ha pasado estudiando, repasando, o haciendo esfuerzos para culminar algo que no nos apetecía.

A veces las relaciones personales pierden la cobertura. No ha pasado nada, pero de pronto lo que antes brillaba pierde color. Y se muere, o se transforma. Hay que moverse o reprogramarse, con la esperanza de que el milagro se vuelva a producir. Muchas veces ocurre.

La gente da muchas vueltas a estos asuntos y hay hasta psicólogos especializados en ello. Simplemente es que a veces, como a los móviles, se nos va la cobertura.

domingo 1 de noviembre de 2009

Sobre la situación del PP


Normalmente estoy en contra de opinar sobre los "asuntos en boga". Los medios de comunicación, en coalición con los políticos y esa peculiar especie que constituyen los "tertulianos", deciden una serie de asuntos a la semana que acaban siendo los reinantes. Esto permite que no nos hagamos preguntas incómodas durante esos días y que sigamos como borregos los dictados. Opinamos libremente, pero nos pronunciamos solo sobre lo que se nos impone desde arriba.

Y dicho esto, voy a hacer precisamente lo contrario de lo que predico: hablar de la "crisis del PP".


Es jodido llevar casi seis años en la oposición, y mucho más cuando el que gobierna es un presidente como Rodríguez Zapatero. Rajoy acumula ya dos derrotas consecutivas y mantiene el partido en un delicado o falso equilibrio que amenaza con quebrarse casi todas las semanas.


Los medios están dramatizando mucho, pero es que en realidad la situación está jodida.


El primer eje de conflicto lo tiene Rajoy en la "operación Gürtel" o Correa en alemán, suerte de infección que se ha contagiado prácticamente por todo el tejido nacional en el que los populares tienen gobiernos regionales. Gürtel afecta al tesorero, Luis Bárcenas, de un partido que ya consiguió evitar que un caso algo menor, "Naseiro", acabase con la promoción de José María Aznar en los años 90.


Pero en la actualidad no va a ser así: con 12.000 folios de sumario, el presidente Camps, valedor de Rajoy, está ya algo más que en la cuerda floja. La suerte de este y de Bárcenas dejarían muy debilitado al presidente y, en realidad, a todo ese espíritu de "regeneración democrática" abanderado por Aznar -y su guionista y "Merlín" Pedro J.- para derrotar a Felipe González. Desde Agag, Mato, Pons, decenas de alcaldes, la "lideresa" Aguirre y los que quedan por salir, la corrupción se ha convertido en el segundo apellido del PP.


Pero no solo es eso: Rajoy sufre por las "baronías" de su partido: líderes regionales consolidados que se han vuelto poco menos que nacionalistas. De esta forma, Aguirre, Feijoo, Valcárcel o Arenas, entre otros, chocan en silencio en un movimiento de placas tectónicas fatal para un partido, el PP, paradójicamente españolista y heredero de esa "unidad de destino" joseantoniana tan propia del antiguo partido único, ahora no tan único.


Tenemos, por tanto, una crisis de partido en la oposición, lacerante corrupción -a la que añadimos el "caso Baleares" y multitud de alcaldías más-, un problema político en Navarra, choques entre barones y, para colmo, un ex presidente, Aznar, al que cada vez le conviene más esta situación. "Sin mí no sois nada", se regocija el sustituto español de Chaplin en El gran dictador viendo como su pupilo elegido a dedo, Mariano, se enfrentará este martes a un "supermartes": haga lo que haga, todo irá a peor. Quien no vale, no vale. La derecha es cosa de hombres, y Mariano Rajoy no se está comportando como ese macho ibérico, feucho pero "con un par", que los liberal-falanjoconservadores anhelan a cada hora. Lo dicho: veremos qué pasa mañana.

martes 27 de octubre de 2009

¿Por qué no nos dejan en paz? (I)

Pensaba ayer en la última película de J.J.Campanella con Ricardo Darín, El secreto de sus ojos. Un filme bien distinto a la pseudotrilogía anterior -El hijo de la novia, El mismo amor, la misma lluvia y Luna de Avellaneda-, que se adentra en una mezcla entre romance y un cine negro que los argentinos han sabido hacer muy bien en años anteriores -Tiempo de revancha o Nueve reinas-.

No desvelaré nada importante sobre esta última película pero sí adelanto que no ha decepcionado a la mayoría de sus espectadores; la tragedia y el drama es doble: un amor roto por un asesinato que habrá que investigar y, por otro lado, un romance que no se consuma y que da lugar a dos vidas paralelas, incomunicadas, a pesar de parecer estar predestinadas.

Cuando la cosa se queda en el cine, en la ficción, no pasa nada. Pero querer trasladar esta hiperdramatización a la vida diaria es una fuente de frecuentes neurosis. ¿Qué es eso de vidas paralelas y de predestinación? ¿Acaso no existen otras compensaciones en la vida distintas al amor, suficientes como para justificar una separación? ¿Cuánto de obsesivo tiene el enamoramiento y cuánto de artificial, exógeno?

Me da la sensación de que, aunque hayan pasado cientos de años, el amor sigue viniendo fuertemente determinado por condicionantes materiales, culturales, religiosos..., así como de una especie de tendencia nuestra a ser los protagonistas de una historia que por fuerza no puede ser racional, templada o simplemente relajada y lógica.

Parece que el amor, para existir, ha de rimar con los estribillos de las cien mil canciones que nos han servido, con el beso en primer plano de Hollywood, o bien, con el mete-saca de la industria del cine porno.

¿No cabe acaso una relación cordial, de colaboración y atracción entre dos personas, que pueda ser considerada como una relación amorosa? ¿Hace falta fichar en el registro del drama y la pasión para tener pareja oficial?

Las formas de control exceden desde hace mucho tiempo a las cámaras de seguridad, los policías o los políticos. Si no nos damos cuenta de esto, podríamos estar viviendo un filme con un desenlace y un guión, sin estar recibiendo nuestro sueldo correspondiente por ser los protagonistas. A Darín y a Campanella sí les han dado dinero. ¿Y tú, vives también en una historieta de estas o te entregas a la realidad? ¿Cuál es, en caso de haberla, tu realidad?

miércoles 21 de octubre de 2009

Pensamientos optimistas

Hay días en los que llegas a la conclusión de que los problemas psicológicos son normales, previsibles, y hasta necesarios en una sociedad como la nuestra.


Con problemas psicológicos no me refiero a tendencias autodestructivas, manías persecutorias, disociación de la personalidad, paranoias o depresiones profundas. En este caso, se debe ir lo más pronto posible a un facultativo y hablarle de tú.


Me refiero a lo que antiguamente se conocía como neurosis y que es un término tan vago como para abarcar, en resumen, todo lo que nos pasa por dentro y no sabemos explicar. Y que, además, por estar a camino entre el carácter y el síntoma, no es nada y lo es todo, porque nos enturbia el día y, de paso, el que viene después, sin tener la compensación de que nos lleven en camilla, nos hinchen a anestesias o bien nos den un ascenso, una subvención o una de esas pensiones de por vida.


Pienso en eso después de vivir tres días de color gris-negro en la ya de por sí contaminada Madrid.


Ya hace siete meses que no tengo trabajo. Peor: ya hace siete meses que no trabajo, es decir, que no ejerzo de trabajador, fuerza alienada pero viva, sujeta a una rutina que lo convierte en cosa pero también en algo regular y previsible: un horario fijo hace del ser humano lo que los árboles a las montañas, en las que sus raíces sujetan el terreno contra las lluvias torrenciales y permiten sobrevivir al monte.


La bofetada otoñal es siempre triple o cuádruple: se acaba el paro, se termina el dinero para pagar el piso, las demandas de trabajo no surten efecto, y encima el día es horrible e impide un desahogo en forma de ejercicio físico en una ciudad que parece ya demasiado grande para uno, que en un momento del tiempo, era peón de la información y trabajaba en ella con denuedo.


No ayuda, precisamente, que la Telefónica amenace con cortarte el servicio de Internet por no sé qué error en el cobro de este mes. Ni que haya que pagar una tasa adicional por las basuras. Ni tampoco que cambien la hora este sábado, ni que tu maldita vecina del bajo te mire por encima del hombro por no ser propietario y estar de alquiler, joven, y con pinta de hacer lo que te da la gana.


Pero mucho más estúpido es patalear y creerte que es el fin del mundo, que el otoño es un abismo sin fin que te traga para no escupirte jamás, que los esfuerzos son en vano.


Neurosis, preocupaciones cíclicas, obsesiones... Enfermedades de un primer mundo enajenado de sí mismo, con la barriga bien llena pero demasiado presto a obedecer a la esclavitud del siglo XXI: tenerlo casi todo y seguir insatisfecho, anhelante, ansioso por ver algo que nunca nos satisfará del todo.


Han pasado años y revoluciones, pero no hemos dejado de ser un apéndice de la cadena de montaje, de la empresa siempre expectante por acumular dinero -la base del capital-; por conseguir más prestigio, potencial, fama, seguidores... Una acumulación que se vuelca e invade nuestra vida personal, familiar, amorosa, nuestro ritmo de respiración y la dilatación de nuestras pupilas.


Un ejercicio de explotación al que estamos sometidos desde que salimos del vientre de nuestra madre -y quizá, de algún modo, mucho antes-. Una agresión, un violencia constante que lo es aún más porque ya no la sentimos y, peor, la reproducimos practicándola al contrario. Es el poder que no tiene una sino múltiples dimensiones.


De ahí el desencanto y la insaciabilidad: nuestros jefes son nuestros antiguos padres, preocupados por las buenas notas, por el comportamiento "adecuado" -¿adecuado a qué?- por nuestra correcta "integración" -¿en la completa locura?-, por, en definitiva, la asimilación de las pautas sociales y culturales, necesarias, en teoría, para que la sociedad no nos ponga la etiqueta de dementes o inútiles.


Parece demasiado fácil olvidar esto cuando las cosas van bien -lo que ocurre, casualmente, cuando a otro le está yendo bastante peor-, pero es una realidad que no puede esquivarse a la vuelta de la esquina.


Seguiremos acumulando experiencias, cultura, sabiduría... Nunca va a ser suficiente porque lo que queremos que nos siga evaluando nunca va a estar satisfecho. Y vendrán crisis, nervios y ansiedad, consecuencia de nuestra "excesiva sensibilidad". Y una porra.


Rechazamos la violencia como arma de combate, de revolución o de cambio social..., cuando la violencia más sangrante se produce en cada uno de nuestros movimientos -también los del alma-. Cuando la violencia es la fundadora de la actual sociedad caníbal que solo deja de devorarnos cuando nos ve engordar -los inmigrantes llegando en pateras en épocas de crecimiento-, renunciar a ella se convierte en un absurdo, cuando no en una contradicción: se nos obliga a hablar hipócritamente en un lenguaje distinto al que subliminalmente se nos dicta desde arriba.

...

No hay que tomarse muy en serio lo que se lee, porque si no uno se vuelca sobre la pantalla y salen cosas como estas: hay que intentar disfrutar de la vida que tenemos, del enorme margen y del privilegio de que no nos estén zurrando el culo día sí y día también. Pero no olvidemos que, con todo lo que tenemos y lo que podríamos llegar a construir organizados de otra forma, vivimos en una auténtica charca.

¿He recuperado, al final del infumable ensayo la cordura o bien la he perdido? ¿O quizá no la he tenido nunca? Que nadie se entere.

martes 20 de octubre de 2009

Ralentizado el ritmo de actualización...

... Google Analytics me avisa de que no estamos cumpliendo "los objetivos". Ni mucho menos. Mi ritmo de actualización y renovación "de contenidos" ha decrecido notablemente durante el último mes. No hay un motivo claro. Solo que eso de la "renovación y actualización de contenidos" me produce cierto repelús. Parece como si el funcionamiento de un portal dependiese de que hubiese cosas nuevas, nuevos contenidos, nuevas informaciones.

Quizá esto se produce en una sociedad en la que es necesario que todo vaya a más, que se produzca una acumulación constante y persistente de dinero, de información, de besos, de símbolos... Todo es capital desde hace cientos de años y, encima, como dijo el suicida Guy Debord, el capital, en la sociedad del espectáculo, ha pasado a convertirse en imagen.

Con esto no me enrollo para no publicar más. Solo hago un breve paréntesis que cierro hoy con esta pataleta y que seguiré rompiendo los próximos días. Y que le jodan al Google Analytics.

miércoles 14 de octubre de 2009

Ricardo Costa


Ricardo Costa masca chicle. Rickey, Ric o Kiki -este último aplicable solo en la guardería- no para de pegar los restos de su goma de mascar debajo del pupitre de clase. Le gusta la chica de la fila de enfrente y eso le pone nervioso. Todos los días.
El nivel de vida de sus padres le ha ahorrado, a base de tratamientos sistémicos, el acné que el pueblo llano padece con resignación durante la adolescencia. A cambio, el estudiante de BUP luce un bronceado ligero, casi natural, nada que ver con el generoso baño de sol que mostrará un camarada suyo del que todavía no sabe nada.


A Ricardo no le gusta que su padre lo recoja en coche a la salida del colegio: él quiere ir andando a casa, cruzarse con esa chica u otra y hacer amistades, inciertos comienzos de futuras aventuras. Está en la edad y anda cansado de que sus progenitores quieran ser tan protectores con él. Enferma con facilidad y es de constitución débil, no practica deporte, pero sueña con una vida más o menos independiente, en una casita pegada a un bosque, en la que escribiría todos los días contando lo que ve: el crepitar de una hoja seca al pisarla, el sonido del viento en los sauces, el ronco pero leve sonido de una ardilla al roer cualquier cosa...


Rickey -riquín, le diría yo- no olvida el último cóctel celebrado en su casa; estaban todos sus familiares y brindaban por algo que a él todavía le da igual pero que luego se convertirá en el motor de su vida. Allí había médicos, notarios, jueces y en general, gente importante de Valencia, es decir, de España.


A Ricardo no le importa nada todo eso; solo sueña con enamorar a su chica, a la que no se atreve a hablar desde que el chicle le explotó en las narices en su última tentativa, e impregnó de goma esas gafas que en cuestión de meses pisará accidentalmente ocho veces consecutivas.


Su padre le dice que es un flojo y que tiene que aprender de su hermano Juan, Juani o John, como le dicen sus amigotes. Pero Ric es más amante de la verbena veraniega y querría aprender a tocar la guitarra, para así poder expresar con notas musicales las emociones que la edad y las chicas le hacen vivir tan inocentemente.


Está a punto de terminar la clase y su mirada se cruza, puntualmente, con la de su vecina de pupitre. Ricardo no lo tiene fácil: es la chica más guapa del colegio con diferencia.


A veces las cosas se hacen o no se hacen. El viento invitado al aula por una ventana que se abre en medio del sonido del timbre de fin de clase ha hecho revolverse el pelo de la dictadora de sus sueños, que se levanta para salir a encontrarse con un chico que, a pesar de estar cubierto de acné y tener las cejas juntas, mantiene una reputación intocable a base de vender hachís y cd´s robados a los muchachos de último curso. Es como... sucio.


Ric no va a olvidar eso jamás y, por fin, va a intentar parecerse a su hermano y ser un hombre. Y no le va a temblar la mano cuando le toque hacer determinadas cosas. Todos estarán orgullosos de él. Hasta el final: nadie se lo tomará en broma.

lunes 12 de octubre de 2009

Unas breves notas...

... he encontrado un grandioso post sobre el caso Gürtel y la idiosincrasia española. No tiene desperdicio alguno. Viene de parte del blog Tercera Opinión, que hemos tenido la suerte de conocer en los foros de este espacio.

El otro día conocimos en un bar madrileño a una añeja vendedora de cupones que decía ser republicana, nacida en 1929 -fecha que ella hacía coincidir con el inicio de la Segunda República-. Manifestó su dolor ante la situación actual y se descargó, sobre todo, contra los actuales dirigentes del Partido Popular: "¡Que les den! Pero, como les gusta..."! Repetía este mensaje como un mantra, segura de que no iba a servir para nada, con la resignación de quien ha vivido con lo mínimo toda su vida y sabe que no podrá ya cambiarlo. La suya fue probablemente la reflexión más lúcida que he escuchado en mucho tiempo.

Después, caminando por la Plaza de Oriente, vi, de lejos, a un viejo a punto de desplomarse. Corrí sin mucha decisión, poco acostumbrado a servir de algo a los demás, y lo pude sujetar. Esperaba un gesto de gratitud cuando lo dejé sentado, pero el anciano estaba concentrado en morirse. Qué cabezón. Y además, en inglés. Era diabético. Lo dejé junto a los policías del Senado, que no hablaban inglés pero que, supongo, se avergonzaban de que un desconocido estuviese ayudando. Espero que le haya ido bien. Cuando lo abandoné se le veía algo decepcionado, condenado de algún modo a aguantar a su mujer durante unos cuantos años más. Igual después lo agradece.

Veremos qué da de sí esta semana en la capital del Reino. Hoy, día de las Fuerzas Armadas, dejaremos que las fuerzas de la guerra se manifiesten con los gobernantes del despilfarro y la cara dura. Dejémosles al menos una alegría.

miércoles 7 de octubre de 2009

"Gürtel"


También estos eran unos chicos muy majos. Iban repeinados y bien vestidos, promoción Colegio El Romeral y diplomatura en Turismo, Derecho o similares. Se prestaron a organizar el viaje de estudios de nuestra promoción, en 2002.


La experiencia no estuvo mal, pero vivimos situaciones cuando menos curiosas y dignas de rememorar. A pesar de haber pagado lo que en principio se requería, había que hacer aportaciones continuas para lo no previsto: una entrada a un museo, un viaje, un botellón, etc. El caso es que al precio inicial del viaje se sumaban constantes pagos, digamos, variables, que bien pudieron aumentar el precio total en un 50%.


Nunca vimos cómo se entrega directamente ese dinero a la causa para la que había sido en principio destinada.

Pero siempre estaban ellos, molándose, sus gafas de sol, su atractivo, su capacidad de convencerte de cualquier cosa...


Una noche, justo en el pasillo de nuestra habitación, escuchamos una pelea: el principal cabecilla amenazaba al tipo supuestamente más duro con dejarlo fuera de los dividendos: "¡Que sepas que de lo nuestro te vas a quedar sin nada"!


¿De lo nuestro? ¿De dónde podían sacar beneficios unos chicos que hacían lo que hacían prácticamente por diversión, con su viaje y gastos pagados?


A partir de entonces comenzamos a entender el por qué de las excursiones canceladas y otros fenómenos extraños que habíamos ido viviendo a lo largo del trayecto por España, visitando, en alguna ocasión, pensiones auténticamente cochambrosas.


Poco después supimos que el líder de esta trama de simpáticos intermediarios -que se llevarían una mierda pero se creían que trincaban sin que nos diéramos cuenta, supongo que ahí estaba la gracia- se había hecho empresario. En este país, y dadas como están las cosas, seguro que a estas horas ha conseguido "hacer" -horroroso anglicismo: to make money- mucho dinero.
Lo que más me fastidia es no haberlos desplumado en el acto. Que ninguno de ellos se llevara, al menos, un par de hostias. Pues nada sabe hacer este tipo de gente salvo de bisagra, de intermediario inventado, de vendedor de humo. Y me da que a muchos no nos importa tanto que pululen a nuestro alrededor. Y está todo lleno, andan por todas partes.

martes 6 de octubre de 2009

¿Que me pusiste los cuernos?

Me encontré el otro día en sueños a mi primera novia.

Yo subía hacia una plaza en la que había un teatro, mientras ella bajaba acompañada por otra chica. Yo era unos cincuenta centímetros más alto de lo que suelo ser durante la vigilia - supongo que un psicoanalista amateur haría una fácil deducción a partir de esto-.

En el momento de cruzarnos, las oí cuchichear: "¿Ves?, a este fue al que le puse los cuernos cuando salíamos."


Mi gesto fue de contenida sorpresa: no me lo esperaba, pero era algo que podía haber pasado perfectamente, por qué no. Además, mi primera ex lo había dicho precisamente en ese momento a propósito, como para que yo acabara enterándome -vaya momento, cuchicheando y en un puto sueño, apunté en un principio...-.


Reaccioné sin pensarlo siquiera, con la pausada seguridad que da el ser el que dirige esas magníficas obras creativas que son los sueños, y la llevé aparte.


- He escuchado lo que has dicho, le espeté sin contemplaciones.


- ¿Ah, sí? Pues ya lo sabes, algo que me ahorro en repetirte. Pero bueno, han pasado diez años y esas cosas prescriben, ¿no?.


- Pues siento decirte que no -y en esto pretendía sorprenderla-. No, si sabes viajar en el tiempo o tienes contactos a lo largo de él. Para tu información, te voy a adelantar algo que probablemente no te esperas: mantengo hilo telefónico con mi yo de entonces y pienso informarle detalladamente de todo lo que he podido saber el día de hoy.


Al otro lado, en la calle, no había nadie ya. La plaza había quedado desierta y yo había perdido mis cincuenta centímetros de más.


Volví hacia algún lugar que debía de ser mi casa en aquel sueño, quizá esperando a que cambiara la temática o variara el escenario. "Se lo tengo que contar", me dije, no siendo consciente de que mi estrategia podía bien volverse en contra de mi yo anterior, y por tanto y en consecuencia, de mi yo presente.


No sabía si hablar con mi yo del principio de la relación con la chica o hacerlo con el yo de un poco más tarde, un yo más celoso, más encabronado, más despechado. ¿Qué le diría para prevenirle? ¿Acaso no acabaría con aquella inocente relación de un tajo? ¿Y si mi yo más joven no pudiera, por mi culpa, siquiera llegar a disfrutar de ella? ¿Acaso me pedía este que esgrimiera mi jodido orgullo viniendo de tan lejos?

Dudando, seguí en dirección a alguna parte, esperando que el aire se hiciera algo más espeso y pudiera llegar a mi casa, como todos los días, volando discretamente por encima de los coches que pueblan la carretera a estas horas de la noche, y aterrizar en la puerta de mi casa, donde me esperarían, como siempre, mis amigos de la infancia, jugando con dedicación. Es una costumbre que he aprendido a reproducir en estos afortunados períodos oníricos y que algún día me gustaría proyectar a eso tan aburrido y frustrante que llaman "la realidad".


Por ahora no me he puesto en contacto con mi yo de hace unos diez años. Prefiero que no sepa nada. Porque ni siquiera yo doy ya validez al mencionado encuentro, pues los figurantes en nuestros sueños deben de ser meras proyecciones de nuestros sentimientos, inquietudes, sensaciones... En alguna ocasión hemos hablado en este blog de los viajes en el tiempo. Son peligrosos y luego lo tiñen todo de oscuro. Mejor dejar muchas cosas como estaban, sin dejar de volar con tan prometedores aterrizajes.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Sobre echarse colonia para olvidar el hedor

Mientras corría ayer por el paseo marítimo de Málaga, me quedé observando las "calitas" -qué coraje me da esa palabra- que, a base de camiones con piedras y tierra, están levantando en la playa. El objetivo es, supongo, estético y, junto al espigón que están montando enfrente de todas ellas, persigue eliminar la enorme cantidad de mierda por metro cúbico que tiene el agua de esta maravillosa ciudad, capital de la Costa del Sol.

He pensado en la solución que los poderes públicos -no sé cuáles- están implementando y me ha dado bastante asco: ¿aislar de fuera el agua de la orilla del mar para que podamos bañarnos? ¿Cuánto tardará en volver a estar sucia? ¿Solucionamos de verdad el problema?

He pensado eso y, tras decidir no bañarme ningun día el verano que viene -mis padres tienen piscina en la urbanización-, he recordado las medidas del presidente Zapatero: la mayoría, intervenciones ruidosas que en realidad no han tratado los problemas con profundidad: hacerlo sería una temeridad, dados los poderes que sostienen al presidente. Espigones y calitas que, durante un tiempo, parecieron trabajos para mejorar la sociedad, pero en los que casi nadie quiere bañarse ya...

Hay mucha basura en nuestra sociedad. Y la solución no es precisamente echarse colonia encima. El camino tiene que venir de otro lado, desde abajo, consultando y contando con todos. Y para ello, necesitamos una sociedad nueva, que surja tras un cataclismo nuclear del que hayamos sobrevivido unos 300 seres humanos -a ser posible, yo entre ellos, por haberlo predicho-. Vamos, que seguiremos bañándonos en la playa...

martes 29 de septiembre de 2009

Atrapado en el otoño

Todos los años llega un momento en que me veo atrapado en mitad del otoño, como el que se queda perdido en un banco de niebla, en una carretera o en una autovía cuando el sol ya no sirve de referencia. Lo que ocurre a mi alrededor ya no importa, la ceguera acaba de impregnarlo todo.

El otoño, además, no es una estación, sino una calvicie de lo cultivado a lo largo de lo bueno del año: esa recta final que arranca curiosamente en febrero y que conduce a los meses más fértiles, con el verano como colofón. Con el otoño las hojas caen junto con nuestros propósitos para el nuevo curso, que, fallidos como era de esperar, caducan automáticamente al comenzar a contar el reloj.

Y la luz nos abandona a quienes no tenemos motivos para madrugar -quién los tuviera-. Pronto será de noche a las seis de la tarde, nos caerán las hojas y, rodeados de niebla, no podremos ver como nuestras iniciativas planteadas con el fresquito esperanzador de septiembre marchan ya por la segunda planta del sótano.

En definitiva, una mierda.

Entonces -a mí particularmente me pasa esto- llegará un punto en el que normalmente nos hayamos convertido en inmortales: no podremos estar peor, habremos tropezado con la puta niebla y nos habremos cagado en la dulce brisa y, de morros contra el suelo, habremos puteado uno por uno a todos los sueños del verano que se encuentran ya a seis metros bajo tierra. Nos habremos arrastrado escupiendo a los malditos árboles, tosiendo por una lluvia que nos pareció agradable a principios de estación, y dejando, para colmo, que nos robe la cartera el chusma de la noche, que como han cambiado la hora, ahora entra a trabajar a las seis.

Lo mejor es que en este punto no podremos empeorar más, y nos habremos vuelto irremisiblemente optimistas. Quedará una reparadora ducha, quitarse los zapatos, y tirarlo todo a la basura, incluida la estación, y esta bazofia de poesía prosada y traída desde el fondo del infierno, donde descansan nuestros malditos sueños.